Textos de Miguel Aguilera, escritor

Ocres

In micros on 9 Noviembre 2009 at 1:34 AM

Mientras mas pienso mas me convenzo que Jim la atrapó en otoño. Debe haber pensado que era feliz época para atrapar el deseo y el amor, o mejor dicho, debe de haber pensado que era buena idea atrapar el enamoramiento en otoño. Jim y yo asesinamos a esa mujer en primavera. O sea, haciendo los cálculos justos y estrictos, podríamos decir que Jim solo estuvo una estación del año enamorado, en otoño. Jim era mi amigo pero desde el asesinato dejó de serlo. Yo no tengo amigos asesinos, no, claro que no. Yo llegué a amarla también, pero lo hice en primavera, justo cuando ella partió. Supongo que se cumplió lo que siempre he creído de mí, que no sirvo para atrapar el amor, que siempre lo hago fuera de época, en la estación del año equivocada o con una mujer negada.

 

fetiche

In Uncategorized on 20 Octubre 2009 at 3:31 AM

Si no fuese tan fetichista no me hubieran interesado las uñas de sus pies pintadas de rojo. Pero lo soy, y por ende, tuve que descartarla. Es que el rojo de por sí no es de mi agrado y mucho menos en las uñas de los pies. Puedo acomodar mis locuras, sí, pero no puedo modificar ni desgastar mi fetichismo. Cada noche viéndola pintarse las uñas de sus pies con ese rojo asesino siento un acto belicoso en mí contra. Ella sabe, ¡claro que sabe!, pero me pone a prueba. Desde el día que se desnudó frente mío supo que el rojo en sus pies era una mancha difícil de extirpar, porque esas manchas no se quitan refregando, puesto que su raíz es cerebral, no física.

-          ¿Sabes?, pensarás que soy un obsesivo, o tal vez un estúpido, pero ya te he dicho que odio las uñas de los pies de una mujer pintados –dije mirando sus pies.

-          ¿Y entonces?

-          ¿Entonces qué?, ¿acaso no lo entiendes? –pregunté a modo de respuesta y de manera muy nerviosa.

-          Entiendo que en vez de desearme y tenerme siempre te detienes en el color de las uñas de mis pies. Pareces un elefante gigantesco observando un pequeño y horripilante ratón. Una escena más que patética.

-          ¿Patética?

-          Sí, totalmente patética. Si hasta tú pene erecto participa en esta escena de circo, ¿o acaso piensas que estás haciendo un rol de macho?

Enmudecí. Supongo que por un instante me sentí parado en medio de un iceberg a la deriva en pleno Ártico. Helado, sí, así mismo me encontraba. Quité mi mirada de sus pies y la detuve en sus ojos. Previamente había recorrido su cuerpo visualmente, era perfecto, como siempre.

-          Vete –me dijo con ojos furibundos- Vete y no vuelvas jamás. No cojo con imbéciles.

Una de las cosas que más amo de mi fetichismo es la sensación de beneplácito que me produce. A veces pienso que podría vivir perfectamente sin él, pero tras pensarlo me aterro y me abrazo a él, no lo dejo salir.
No, no sabría cómo vivir sin él.

la escafandra

In Uncategorized on 8 Octubre 2009 at 7:57 PM

Discutimos durante un buen rato. Sí, no es que yo tenga el mejor de los caracteres y que ella sea la más dócil, por eso mismo cruzamos palabras de manera imprecisa y fuerte. A veces mientras discutimos se me hace una laguna y tiendo a mirarla mientras gesticula con las manos y de sus ojos sale furia. En ese ínterin me salgo de mí y divago, algo así como ya no importarme la discusión en curso y empezar a deambular por cualquier lado. De manera llamativa esos segundo de divague parecen eternos y de veras que los disfruto. Mis ojos la siguen observando pero yo no, yo estoy en otro lado, tal vez en algún momento de mi infancia o reviviendo un momento de buen sexo, o simplemente planificando la compra de mi próximo artefacto electrónico. No me siento culpable por divagar, creo que es algo que sale naturalmente, no lo busco, tan solo sucede. Suceder. Ese es el verbo justo.

Cuando termina de hablar, gesticular y gritar (todo en una sola maraña) vuelvo repentinamente otra vez a mi cuerpo. En ese momento me siento un buzo con su traje y escafandra en el fondo del océano. La miro tras la escafandra y ahí la veo en estado latente esperando mi respuesta. Pero mi respuesta aún no está elaborada, porque no puedo elaborarla, porque simplemente divagué mientras ella descargaba su cólera en contra mío. Entonces vuelvo al fondo del océano y la sigo observando desde detrás de la escafandra. Mis movimientos son lentos y tan solo mis ojos se mueven como rayos en tormenta de verano. Ella se cansa, me dice que siempre pasa lo mismo, que grita como loca y desaforada y que le jode no sentir el eco, aunque sea repugnante, de mi verborragia. Emerjo. Salgo a la superficie. Me quito la escafandra y me dejo arrastrar por el oleaje mientras respiro aire puro y observo el cielo que se muestra como si fuese un mantel azul, puro e imponente.

Entonces llora. Se echa a llorar sin decir más palabras. Llora acongojadamente delante de mí. Y yo, yo no sé que hacer. Es en ese preciso momento que vuelvo a ponerme la escafandra y a sumergirme al fondo del océano. Tras tocar el fondo me siento seguro y pienso que así no se puede seguir, que mientras yo vivo en el océano ella vive en la tierra, mientras yo amo la luna, ella ama el sol.