Si no fuese tan fetichista no me hubieran interesado las uñas de sus pies pintadas de rojo. Pero lo soy, y por ende, tuve que descartarla. Es que el rojo de por sí no es de mi agrado y mucho menos en las uñas de los pies. Puedo acomodar mis locuras, sí, pero no puedo modificar ni desgastar mi fetichismo. Cada noche viéndola pintarse las uñas de sus pies con ese rojo asesino siento un acto belicoso en mí contra. Ella sabe, ¡claro que sabe!, pero me pone a prueba. Desde el día que se desnudó frente mío supo que el rojo en sus pies era una mancha difícil de extirpar, porque esas manchas no se quitan refregando, puesto que su raíz es cerebral, no física.
- ¿Sabes?, pensarás que soy un obsesivo, o tal vez un estúpido, pero ya te he dicho que odio las uñas de los pies de una mujer pintados –dije mirando sus pies.
- ¿Y entonces?
- ¿Entonces qué?, ¿acaso no lo entiendes? –pregunté a modo de respuesta y de manera muy nerviosa.
- Entiendo que en vez de desearme y tenerme siempre te detienes en el color de las uñas de mis pies. Pareces un elefante gigantesco observando un pequeño y horripilante ratón. Una escena más que patética.
- ¿Patética?
- Sí, totalmente patética. Si hasta tú pene erecto participa en esta escena de circo, ¿o acaso piensas que estás haciendo un rol de macho?
Enmudecí. Supongo que por un instante me sentí parado en medio de un iceberg a la deriva en pleno Ártico. Helado, sí, así mismo me encontraba. Quité mi mirada de sus pies y la detuve en sus ojos. Previamente había recorrido su cuerpo visualmente, era perfecto, como siempre.
- Vete –me dijo con ojos furibundos- Vete y no vuelvas jamás. No cojo con imbéciles.
Una de las cosas que más amo de mi fetichismo es la sensación de beneplácito que me produce. A veces pienso que podría vivir perfectamente sin él, pero tras pensarlo me aterro y me abrazo a él, no lo dejo salir.
No, no sabría cómo vivir sin él.